¿Van de la mano?
Vivir en una situación de estrés sostenido e intenso, sin dejar que nos relajemos o no saber cómo hacerlo durante el tiempo necesario, nos enfermará orgánicamente, porque psíquicamente, lo más probable, es que ya lo estemos.
En la frase anterior usamos cuantificaciones o valoraciones imprecisas tales como sostenido e intenso, pero también relajarnos durante el tiempo necesario. Y es así porque la tolerancia al estrés es diferente para cada persona e incluso en la misma persona puede cambiar.
¿Como empiezan los síntomas?, pueden ser, por ejemplo, el agotamiento, trastornos de sueño incluyendo insomnio, problemas de concentración y atención, mal humor, intolerancia hacia los demás, mal trato o agresividad. Dolores de cabeza.
A ello, con frecuencia, se suman temblores finos en manos, temblor o titilación de algún músculo aislado como si fuera un tic, tensión muscular, espasmos, dolores musculares y osteoarticulares imprecisos y con frecuencia cambiantes, bruxismo diurno o nocturno (apretamiento o rechinamiento dental involuntario), afección inflamatoria y/o infecciosa de encías. Sensación de acidez estomacal y reflujo gastro-esofágico. Inapetencia o por el contrario mucho apetito con pérdida o ganancia de peso no deseados.
Si no nos detenemos y recapacitamos, si no tomamos medidas correctivas sobre las causas que nos están provocando el estrés, los síntomas mentales progresan y los orgánicos avanzan.
En ocasiones nos atrapa un resfriado o incluso una gripe que nos obliga a recapacitar o al menos a desacelerar nuestra carrera a ninguna parte. Bajamos la velocidad y, sin embargo, en breve tiempo, si no reflexionamos y tomamos decisiones al respecto volvemos a transitar por el mismo camino.
Entonces el proceso sigue su curso y favorece el desarrollo de enfermedades más “serias” como gastritis, ulceras gástricas o duodenales, diarreas, colon irritable, hipertensión arterial, alteraciones en la analítica sanguínea, con desajustes de colesterol, glicemia entre otros; Aparecen trastornos inmunológicos que pueden llegar a convertirse en enfermedades autoinmunes (nuestros propios anticuerpos nos atacan), generando anticuerpos antitiroideos, anticuerpos antinucleares, antimitocondriales, contra el músculo liso, anticuerpos anti-células parietales gástricas, anticuerpos anti-transglutaminasa tisular IgA (enfermedad celíaca) y otros muchos más.
Está claro que el estrés crónico puede afectar negativamente el sistema inmunológico. Cabe preguntarse: ¿puede el estrés propiciar el desencadenamiento de cáncer? Lo más probable que si lo puede hacer. El estrés adrenérgico (con liberación de catecolaminas) favorece la progresión de muchos tumores, incluyendo el cáncer de mama. Hay muchos ejemplos más al respecto. Cabe concluir que las investigaciones realizadas en humanos y en animales han mostrado que el estrés puede afectar la respuesta inmune humoral y celular.Las condiciones de estrés, especialmente sostenidas, pueden suprimir profundamente la respuesta inmune de los linfocitos, incluyendo la respuesta a mitógenos de las células T, la actividad de las células asesinas naturales, la producción de interleucina 2 (IL -2) e Interferón (IFN) y la expresión del receptor de IL-2, entre otros. El sistema inmune tiene mucho que ver con el cáncer.



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